LAS ROSAS (RILKE)
LAS ROSAS - RAINER MARIA RILKE (1875-1926)
XV
Seule, ô abondante fleur,
tu crées ton propre espace;
tu te mires dans une glace
d'odeur.
Ton parfum entoure comme d'autres pétales
ton innombrable calice.
Je te retiens, tu t'étales,
prodigieuse actrice.
Mi traducción:
Tú sola, oh, flor abundante,
creas tu propio espacio;
te contemplas en un cristal
de aroma.
Tu perfume, cual pétalos, ciñe
tu cáliz innumerable.
Yo te retengo, tú te exhibes,
actriz prodigiosa.
Rilke reúne en sí la sensibilidad de un creyente y de un descreído. Me explico.
Desde los comienzos de la Edad Moderna, el espíritu humano encuentra en sí el argumento en contra de la existencia de Dios o la evidencia de su existencia. En ambos casos, la prueba es la belleza que encierra el espíritu humano.
Esto se agudiza en la Edad Contemporánea, por cuanto la fealdad del mundo, cada vez más patente, lleva a buscar el Paraíso en uno mismo: buscar el oasis personal en el desierto impersonal.
El alma es, entonces, una rosa que crea su propio espacio, pero se contempla, y este contemplarse es ya un paso hacia Dios.
El espejo en que se mira es el olor que exhala, pues nos conocemos en lo que pensamos y sentimos, en lo que hacemos y decimos. Y estos actos son un sinfín de pétalos... pero un solo cáliz: nuestro yo, nuestra conciencia.
Así ceñida, es retenida o conservada, incluso reprimida, esta flor magnífica. Y, sin embargo, es cosa vana: por donde sea acontece el despliegue, el nuevo despliegue de la rosa.
Porque lo propio de la rosa es la exhibición, como actriz prodigiosa,
y en su exhibición se halla su misterio.
XV
Seule, ô abondante fleur,
tu crées ton propre espace;
tu te mires dans une glace
d'odeur.
Ton parfum entoure comme d'autres pétales
ton innombrable calice.
Je te retiens, tu t'étales,
prodigieuse actrice.
Mi traducción:
Tú sola, oh, flor abundante,
creas tu propio espacio;
te contemplas en un cristal
de aroma.
Tu perfume, cual pétalos, ciñe
tu cáliz innumerable.
Yo te retengo, tú te exhibes,
actriz prodigiosa.
Rilke reúne en sí la sensibilidad de un creyente y de un descreído. Me explico.
Desde los comienzos de la Edad Moderna, el espíritu humano encuentra en sí el argumento en contra de la existencia de Dios o la evidencia de su existencia. En ambos casos, la prueba es la belleza que encierra el espíritu humano.
Esto se agudiza en la Edad Contemporánea, por cuanto la fealdad del mundo, cada vez más patente, lleva a buscar el Paraíso en uno mismo: buscar el oasis personal en el desierto impersonal.
El alma es, entonces, una rosa que crea su propio espacio, pero se contempla, y este contemplarse es ya un paso hacia Dios.
El espejo en que se mira es el olor que exhala, pues nos conocemos en lo que pensamos y sentimos, en lo que hacemos y decimos. Y estos actos son un sinfín de pétalos... pero un solo cáliz: nuestro yo, nuestra conciencia.
Así ceñida, es retenida o conservada, incluso reprimida, esta flor magnífica. Y, sin embargo, es cosa vana: por donde sea acontece el despliegue, el nuevo despliegue de la rosa.
Porque lo propio de la rosa es la exhibición, como actriz prodigiosa,
y en su exhibición se halla su misterio.
Comentarios
Publicar un comentario